El fin del esplendor

Un pasado glorioso y un futuro funesto se daban la mano en el más crudo momento que las crónicas reseñaron jamás. La sangre derramada teñía cada recoveco del empedrado camino que conducía al Palacio Magno. Por primera y última vez sus defensas fueron inmisericordemente quebrantadas. Densas columnas de humo negro emergían de cada edificio, plaza y vegetal oscureciendo con su terrible velo al mismo sol.

Los gritos habían cesado, al igual que los desgarros, el tintineo del acero o el estruendo del choque. La paz que con tanto mimo fue velada por docenas de generaciones moría asestada por la deleznable mano del caos.

Y Cenit Áureo no pudo evitar llorar.

El panorama en el fastuoso patio del Rey nunca fue tan devastador. La imponente columnata dispuesta en perfecta planta circular relataba en sus relieves los más representativos pasajes de la Historia del Esplendor. Notables hechos todos como la superación de la Decadencia, la promulgación del Código, la anexión de las tierras del norte, el sometimiento de los Celestes, el establecimiento del virreinato de Levante o el nacimiento de cada nuevo heredero. Este escenario, que por sí solo abrumaría al espíritu más audaz, se había convertido en  centro de festejos de la victoria para unos y en soterrada tumba de humillación para otros.

Miles de guerreros de la horda conquistadora colmaban cada palmo del patio robando incluso el aire a la vida. No venían bajo estandarte alguno, ningún uniforme les igualaba. Ni siquiera eran todos humanos. El espectáculo se tornaba grotesco por momentos: unos torturaban sin compasión a los últimos defensores del Palacio, devorando incluso su carne; algunos saltaban y bailaban en alocado frenesí festivo; otros  practicaban sexo como animales con el compañero o la compañera más cercana. Viciosos perros nadando en el proceloso mar de la lascivia y los excesos. Una execrable olla de sudor y acero en ascendente ebullición que no tardaría en estallar. Conquistadores sin más gloria que su propio regocijo al saberse destructores del gobierno que hasta hacía unos meses lo poseía todo.

Y justo en el centro, arrodillado, desolado, el anciano rey Cenit clamaba a los dioses en sus adentros por una muerte rápida y honrosa que no iba a tener.

-¡En nombre de la Natura exijo que cese esta locura! –demandó el rey víctima del horror que le transmitían sus claros y cansados ojos

Ocaso Lúgubre, un hombre alto y de enjuto rostro, mirada vacua y extrañas marcas en su afeitada cabeza, vestido con túnica larga raída, hombreras y pectorales con púas de acero y portador de un inmenso mandoble con la hoja oxidada se acercó hasta él, agarró sus blancos cabellos y tiró de ellos con desatada furia. El fervor que provocó solo fue un entremés más del repulsivo festín.

-Ahora no eres nada –dijo Ocaso Lúgubre con voz gutural–. Dime, ¿de qué te sirven ahora tus leyes, tus riquezas, tu poder? ¿Qué se siente al ver como todo lo que te importa se hunde en un incesante mar de sangre?

Cenit Áureo escudriñó el cielo buscando una respuesta no para su captor, sino para la razón de todo cuanto había acaecido.  Las lunas no hablan, pensó, nunca lo hicieron, por más que se las consultara. El hombre solo puede ser gobernado por el hombre.

-Si aún queda algo en ti de los valores que un día rigieron a la humanidad, te ruego que recapacites –contestó el rey, cuyas lágrimas morían en su blanca barba-. Piensa en el alcance de tu ignominiosa acción, vislumbra el futuro al que condenas a este mundo si sigues adelante con tu atroz plan de aniquilación.

La horda quedó silenciada durante un instante, hasta que la terrible sonrisa de Ocaso Lúgubre afloró a sus labios y contagio al resto en una suerte de competición de perniciosas carcajadas.

-No estás en disposición de sermonearme, ni por derecho ni por razón –afirmó Ocaso Lúgubre mientras colocaba la fría hoja de su arma sobre el cuello del rey–. Tú cambiaste los tiempos, y ahora son los tiempos los que te cambian a ti. Tú acabaste con todos, y ahora otros acaban contigo. Es tan simple como justo. Un nuevo orden se extenderá ahora por los cuatro puntos cardinales, limpiando al fin este mundo de la corrupción y la desigualdad en el que lo habéis sumido. Volveremos a restaurar el equilibrio que tu inquina borró de este mundo.

-Eso no es más que demencia –replicó Cenit Áureo–. No puedes condenar al abismo a decenas de miles de personas inocentes, gentes honradas que solo viven para trabajar y poder mantener a sus humildes familias. No hay valores que puedan justificar tal barbarie. No eres más que un hipócrita, me acusas de unos métodos que solo son los que tú mismo llevas en práctica… ¿O qué eres tú sino un sanguinario caudillo sediento de poder?

Esas palabras revolvieron las entrañas de Ocaso Lúgubre, el cual, consumido por la rabia, cerró fuertemente su puño y golpeó brutalmente al rey. Un estallido de sangre emanó de su boca para acabar dotando de color al suelo.

-Jamás oses compararme contigo, ¿entendido? -Ocaso Lúgubre miró de soslayo al rey y a continuación escupió sobre su rostro-. Una vez restituido por completo el equilibrio, me haré a un lado y dejaré que la vida brote como antaño. Mi posición, mi cometido, es tan solo provisional. No se extenderá ni un minuto más de lo que dure la guerra… Alza la vista y mira en derredor -Cenit obedeció, paseando su mirada por la inmunda horda que lo circundaba: una masa de ensangrentados harapos, oxidadas armas, caras negras y nauseabundo aroma a sudor mezclado con metal-, cualquiera de estos hombres, mujeres y bestias podría acabar conmigo en este instante sin miedo a represalia alguna. Aquí no hay grupos, no tengo camarilla a mi alrededor ni una guardia personal que me proteja e infunda el miedo y el respeto que por mi mismo no puedo garantizar. Esa es la gran diferencia, la inmensidad que nos separa: tú temes a la muerte, pero yo no.

-¡Te equivocas! – exclamó el rey poniéndose en pie–. ¡Te equivocas en todo! He sido preparado desde el mismo día de mi nacimiento para morir por mi pueblo. Ese es un honor que gustoso acometeré.

-No vayas tan rápido, alteza –Ocaso Lúgubre arrastró las palabras en tono burlón–. Puede que la euforia haya hecho que me expresara mal. No me refería a que temes tu propia muerte, sino a la muerte de todos y cada uno de tus fieles súbditos… A la muerte de tus conocidos y allegados. A la muerte de tus seres amados.

El corazón de Cenit Áureo sufrió un repentino vuelco. El dolor en sus entrañas fue muy superior al que cualquier acero le pudiera infringir. El rey sintió como todo su interior hervía fruto de la desesperación y la impotencia. El insano festival de la carne y la depravación que lo rodeaban le hacían caer aún más en flamígero agujero del que creía que nunca podría emerger.

Las espesas columnas de humo provenientes de las incendiadas casas de la ciudad encapotaban el violáceo cielo, sumergiendo al mundo en un nocivo manto. La amalgama de olores que transportaban, unido al fétido hedor de los conquistadores, aletargó la mente de Cenit Áureo, imbuyéndole una especie de momentáneo trance.

El rey pensó en sus fieles hombres, en las mujeres y en los niños, en los ancianos, también en las personas y bestias impedidas. Rezó a la madre Natura porque al menos algunos lograrán llegar hasta el paso de montaña y escapar. Sentía el lacerante sufrimiento de su fracaso, su incapacidad para proteger a los que un día le juraron eterna fidelidad. Era su responsabilidad, su cometido primario, la razón de ser su existencia. Ansiaba que todo terminara al fin, que la muerte le juzgara y le arrojará al infinito limbo que a su parecer merecía.

Desafortunadamente, aún le quedaban muchas penurias por las que pasar. Ocaso Lúgubre se acercó tanto que el rey pudo sentir su cálido aliento en el oído.

-Hubo un tiempo, hace ya lustros, cuando solo era un niño estúpido, en que de verdad te tenía en cierta consideración. Podría decirse que incluso te envidiaba. Envidiaba el respeto y la admiración que levantabas entre todos, el poder que atesorabas… El lujo en el que vivías bajo el estandarte del derroche. Aquellos fueron malos tiempos para los nuestros, buenos para los tuyos. Es patético que intentes darnos lecciones acerca del valor del hombre, tú que nunca has echado en falta nada: algo que llevarte a la boca, un techo bajo el que vivir, una cama en la que poder soñar, una madre que te pudiera arropar. Has sido flagrantemente derrotado por una única razón: desconoces por completo a tu enemigo. Si hubieras puesto más energías en aliviar el terrible azote que nos sumía en la miseria, si te hubieras interesado por nuestras necesidades y anhelos, si hubieras predicado la unión entre culturas en lugar de implantar una ignominiosa aculturación. En definitiva, si hubieras olvidado el acero y trabajado con la palabra quizás este extremo nunca habría tenido lugar. Ahora no hay retroceso posible, las llamas que se hacen pasto de la ciudad pronto alcanzarán este magnánimo palacio. Tendremos que darnos prisa pues, si queremos que la función tenga el final deseado… – Ocaso Lúgubre giró obre sus talones y elevó la voz hacia los suyos-. ¡Traedlos!

La horda se abrió dejando un estrecho pasillo por el cual aparecieron dos enormes bestias bípedas, los Yemes, de vigoroso pelaje plateado e interminables filas de afilados dientes los cuales portaban a dos jóvenes encadenados. Cenit Áureo no tardó ni un instante en reconocer a sus hijos.

-¡Sucio bastardo! – exclamó el rey fuera de sí-. ¿Tanto odio albergas como para superar los límites de la dignidad?

-Todo ese y más. Hoy acaba la tiranía del hombre. Hoy comienza la libertad del hombre. ¿Acaso no lo sientes? Estamos dotando al mundo de aquello que tú y los tuyos le arrebatasteis hace ya siglos. Estamos ante un momento cumbre, la coronación de un tipo de existencia que es en verdad la que nos fue dada en el inicio de los tiempos. No obstante, para demostrarte cierta deferencia hacia tu extinto título, te daré la oportunidad de dar una última orden. Una última decisión de gobierno que espero sepas agradecerme como es debido -los ojos de Ocaso Lúgubre centelleaban de pura maldad mientras sus labios dibujaban sinuosas curvas-. Será mejor que empiece el espectáculo.

Los Yemes arrojaron con violencia a los dos príncipes al suelo. Las gruesas cadenas que les maniataban a duras penas les permitieron volver a ponerse en pie. Craso error, pues los conquistadores tenían bien claro que no se trataba de una reunión, sino de una humillación. Un nuevo golpe y cayeron arrodillados frente a su anciano padre.  Ambos trataban de mantener la calma, la cordura, apretaban con fuerza sus mandíbulas y miraban fijamente a sus captores. Fingían que no tenían miedo.

Brillo de Acero, el primogénito, a pesar de no haber cumplido aún los veinticinco años había disfrutado de una prolífera e intensa vida. Prueba de ello eran sus canosos cabellos, sus cansados ojos miel, la poblada barba que le caía hasta el pecho, el mapa de cicatrices en su torso que relataban mil y una historias. Por su parte Temple Etéreo, su hermano un lustro menor, era de espíritu bien distinto, hogareño y cultivado, de delgada constitución y suave faz imberbe. Su cabello era largo y negro, sus facciones juveniles, dulces, sus profundos ojos verdes irradiaban tanta sabiduría como las dos lunas. Eran la noche y el día, el guerrero y el erudito.

Para Cenit Áureo el tiempo había dejado de andar. En lugar de eso, la visión de sus dos amados hijos maniatados y torturados por la barbarie inclemencia que amenazaba con borrar el Esplendor del mundo, transportaban al rey a una lejana época de mieles. Unos años donde el miedo permanecía prisionero de los hombres, oculto en la más profunda e ilocalizable caverna. Las cosechas eran abundantes, el intercambio comercial rico, la Ciudad Magna crecía a pasos agigantados, extendiendo sus dominios hasta donde se perdía el sol.  El destino tendía la mano y los hombres la tomaban gustosos con relucientes sonrisas en sus rostros.

La vida era sencilla, acompasada. Las alondras aún no habían emprendido el vuelo y emigrado para no regresar jamás, su dulce canto henchía hasta las almas más atormentadas. Las calles eran engalanadas con flores y ornamentos, banderas y estandartes de los distintos pueblos aglutinados bajo el paternal abrazo del Esplendor. Los niños correteaban, los ancianos paseaban bajo el púrpura manto de las estrellas, los enamorados buscaban oscuros recovecos donde saciar sus incesantes apetitos. Y la reina vivía.

Su nombre, al igual que el de todos, despareció con su muerte. Cenit Áureo rememoraba ahora esos bucles dorados que caían majestuosamente de su cabeza hasta media espalda, si límpida tez blanca, sus rasgados ojos verdes. Fue todo un ejemplo de esfuerzo y dedicación para el pueblo, una imagen, un símbolo de una época que parecía no tener fin. El amor profesado a sus súbditos tan solo era superado por el que sentía hacia sus dos hijos, cuyo empeño desde el mismo día de sus respectivos nacimientos no fue otro que prepararse para recoger el testigo del gobierno del Esplendor.

Cuando Brillo de Acero vino al mundo el color de la tierra era bien distinto, el sol no lloraba y las montañas no se caían a pedazos. Pronto quedaron bien definidas sus aptitudes, cuando con tan solo cinco años de edad salvó a su padre abatiendo con una certera flecha a un enorme oso durante una sesión de cacería. De este suceso se sustrajeron dos enseñanzas: la primera, que la puntería de ese niño era tan implacable como su misma determinación; y la segunda, el rey nunca volvió a parar a tomar agua en ningún riachuelo del norte. El chaval creció aborreciendo clases y maestros, nadie pudo inculcarle los necesarios preceptos de ciencias y letras, no soportaba la filosofía ni el arte, no era capaz de entender las fórmulas matemáticas que regían el mundo. Para él todo eso era mucho más sencillo, su don era innato, instintivo, no precisaba conocer la teoría cuando en el campo se desenvolvía con excelsa magnificencia. Pasó su infancia zascandileado por montañas y bosques, procurando grandes rompederos de cabeza a sus cuidadores, escapándose a la aventura y viviendo de la madre Natura. Tal era su inusual valía para la acciones de campo que a la temprana edad de quince años ya dirigió una partida de soldados para librar al pueblo de Fango de una banda de sanguinarios saqueadores que venían asolando a sus gentes desde hacía meses. Aquello le marcó a fuego, le hizo entrar en una espiral de la que ya nunca saldría.

No tardó Brillo de Acero en acudir a una verdadera guerra, fue en el continente Paralelo, y bajo su expreso deseo de entrar en liza por primera vez en su vida. De aquel infierno que le retuvo durante dos años vino tan fortalecido mental y físicamente que todos al verlo de regreso se dieron cuenta de que el niño al que despidieron se había convertido en un hombre. Desde entonces se hizo cargo personalmente de la seguridad de todo el reino, acudiendo como un guerrero más allá donde se le precisara. El príncipe batallador, como empezó a ser conocido, disfrutó siempre del respaldo de su progenitor, seguro de que el espíritu del hombre es indomable, y que cada cual debe seguir el camino que le dicte su propio instinto.

La conformación de su hermano fue diametralmente opuesta. Temple Etéreo nació prematuramente, por lo que las nodrizas tuvieron que guardarle bajo tierra durante semanas. Su desarrollo ulterior fue costoso y a veces regido por el dolor. Tratóse de un niño de constitución débil, extremada delgadez, ojerosa mirada y esquiva sonrisa. Pero todo de lo que carecía en anatomía le sobraba en sabiduría. Temple fue un alumno ejemplar, quizás flojo en algunas artes que consideraba lejos de sus responsabilidades, pero brillante en los campos del derecho y la diplomacia. El rey siempre se sintió muy orgulloso de su lucha y su esfuerzo por medrar en el campo de habilidades para el que no estaba impedido. Temple pasó temporadas, estaciones enteras incluso, alejado del mundanal ruido urbano. Con diez años recién cumplidos estableció su residencia en la Cordillera Sacra, en un antigua residencia que pertenecía a un marqués que, tras mil años de ancestral dominio, murió sin herederos y sin gloria, olvidado por todos salvo por el fantasma de la Parca. Allí Temple Etéreo estudió la Historia de la Decadencia, analizó cada dato, cada fuente, estableció sus teorías y puso en marcha mecanismos para que algo así nunca volviera a ocurrir. Evidentemente, su obra quedó prematuramente obsoleta dados los terribles acontecimientos ulteriores. No obstante, durante muchos años llevó a cabo una brillante labor como legislador, adecuando el Código a los tiempos modernos con una serie de enmiendas que fueron aplaudidas por los más venerables sabios de la corte. A sus veinte años era ya toda una eminencia, un chico de escuálido semblante pero intenso espíritu, un auténtico gobernador en la sombra. El príncipe legislador.

Desafortunadamente, uno de los dos debía morir.

La satisfacción colmaba a Ocaso Lúgubre. Antes de articular palabra, paseó la punta de su lengua por sus artificialmente afilados dientes. Disfrutaba de cada segundo, se regodeaba en cada mirada, en cada acción. Cenit Áureo estaba a punto de pasar los peores momentos de su existencia. El peso de la Historia, la sangre de su familia, caía como una cascada sobre él.

-Por mi actual posición, habrás advertido que no tengo necesidad alguna de ser magnánimo contigo –explicó Ocaso Lúgubre, recreándose–. No obstante, dado que nosotros no nos regimos por ningún tipo específico de actitud, ya sea lo que vosotros calificáis de bueno o de malo, cruel o clemente, en estos momentos me place otorgarte una consideración que dudo mucho que tú adoptarás en mi caso. Voy a darte una oportunidad que espero sepas apreciar como es debido. No en vano lo que trato es de hacerte un favor, un obsequio para que comprendas que todo no es blanco o negro, hay una infinita tonalidad de grises entre ambos extremos. Ahora bien, llegados a este punto te toca elegir a ti, querido rey derrocado… – Ocaso hizo una pausa, ofreció una terrible sonrisa a su, en esos momentos, entregado público–. Tú y solamente tú serás el juez que dictamine cual de tus hijos vivirá y cual morirá.

Un tremendo vuelco intestinal sacudió a Cenit Áureo, esperaba esas palabras, más oírlas pronunciar fue uno de los momentos más duros de su larga vida. La ensoñación se hizo presa de él, creyó por unos instantes encontrarse lejos de allí, fuera de ese Palacio y su inmortal belleza. Por solo un segundo viajó a un nuevo mundo de sensaciones, a otro plano donde el orden de las cosas era bien distinto. Desde allí podía ver lo que sucedía en tercera persona, se veía a sí mismo, claudicado, derrotado por una infecta banda de hombres, mujeres y seres sin ley ni valores. Frente a él tenía a lo que más había amado y amaba en el mundo, el fruto de su carne, su estirpe, la sangre que de tantas generaciones había desembocado en esos cuerpos, en esos valerosos hombres. Al principio le costó asimilar lo que ocurría, así que no tuvo otra que preguntar lo evidente.

-No entiendo lo que queréis de mí – respondió Cenit Áureo – Ya habéis vencido, todo lo que abarca vuestra vista os pertenece. Ahora solo te puedo pedir que sea misericordioso, y no castigues a mis hijos por un mal que yo he infringido.

-Bonitas palabras, mas veo que no comprendes o no quieres comprender lo que te estamos exigiendo –Ocaso Lúgubre se acercó al joven Temple Etéreo–. No hay una tercera opción, abuelo. Uno de tus dos hijos caerá bajo el acero de mi oxidada espada, aquí y ahora, mientras el otro vivirá para ser uno de nuestros esclavos hasta que llegue el fin de sus días.

Tras pronunciar esas palabras, Ocaso Lúgubre agarró a Temple por la cara, clavando los dedos en su mandíbula, deformándole el rostro con una fuerza sobrehumana.

-¡No dejes que elija yo! –exclamó Ocaso–. Pues mi único interés es ver a ambos con sus testas cercenadas.

-¡Maldito loco!… me pides un absurdo, una decisión que está por encima de lo humano. Tu locura solo es equiparable a la vileza que desprendes… Hablas de magnificencia y clemencia, pero en tus ojos y en los de tu pueblo solo veo ira.

-Atisbas lo que han sembrado en estos luminosos años. Nunca te paraste a preguntar al hombre de a pie, al labrador, al tabernero, al constructor. Creías que tu bienestar se hacía mágicamente extensible al resto, a todas y cada una de las criaturas de la madre Natura, que todas estaban encantadas de arrojar su mundo al hoyo y vivir felizmente en el tuyo. Cuan equivocado estabas… Ahora pagarás tu atrevimiento y el dolor que tantas familias han sufrido desde que llegaste a tu supuesto trono dorado. Retuércete, suplica, llora, mas no mueras. Es hora de que obedezcas, seas un hombre digno por primera vez en tu vida y me digas a cual de tus hijos quieres volver a abrazar.

Un dilema imposible e impensable, no ya para un rey, sino para cualquier ser vivo. Un momento dramático, doloroso cual puñalada. Cenit Áureo hizo titánicos esfuerzos por levantar la cabeza, mirar directamente a los ojos a sus hijos y tratar de evaluar la situación con la mayor frialdad de la que era capaz. La empresa era harto complicada, pero era consciente de que entraba dentro de las competencias de un rey dilucidar una solución en pro del futuro de la nación.

Él lo sabía, conocía muy bien la respuesta de antemano, se la daban sus órganos, flotaban en ellos esperando su momento para aflorar, solo que no quería obedecer, no se sentía con la fuerza suficiente como para hacer la madre de todos los sacrificios. Brillo de Acero permanecía impasible, fuerte en su determinación, manteniendo la cabeza alta aún a pesar de los innumerables golpes y tajos que marcaban su estampa. Temple Etéreo parecía vivir un momento de transición, estaba más lejos que cerca de toda esa perniciosa vorágine destructiva. Sus labios se movían a gran velocidad, pero su voz no se hacía oír. Clamaba a los ancestros por una resolución, lejos ya de más o menos acertada, pero que fuera rápida.

No podía ver a su padre sufriendo de esa manera. El gran Cenit Áureo, rey instructor, paladín de la ley, creador del Esplendor. Ahora su mirada era devorada por la oscuridad, un cerco que se extendía hundiendo más y más sus ojos en las cavernas del suplicio.

Algo en su interior fue cambiando al calor de los terribles acontecimientos. La salvaje muchedumbre que les rodeaba clamaba sangre, arrojaban piedras y maldad. Si no se daba prisa, la amenaza se vería cumplida, sus dos hijos morirían delante de él sin que pudiera mover un dedo para evitarlo. Nada le aseguraba que esos bárbaros fueran a cumplir su promesa, puede que solo se tratara de un horroroso juego, que ambos estuvieran sentenciados ya, pero sentía que no tenía otra opción que aceptar sus prerrogativas y decidir.

Para ello debía de dejar de pensar como un amante padre y hacerlo como un rey gobernante de verdad. Tenía que despojarse de los sentimientos, de los lazos de sangre, del carnal hilo que le unía indefectiblemente a esas dos vidas. En ese momento quedaría marcado el futuro devenir de los acontecimientos, la total condenación de un modelo de mundo o, por el contrario, el advenimiento de un diminuto resquicio, una base desde la cual la luz volviera a renacer. En ningún caso podría estar plenamente seguro, ya contaba con eso, era tiempo de mirar a la cara a su alma y hacerle la más dolorosa pregunta a la que todo humano puede enfrentarse.

-Es tan simple como esto: ¿a cuál de tus hijos amas más? –preguntó Ocaso Lúgubre mientras su acero recorría el rostro de ambos príncipes–. Dame un nombre y todo habrá acabado… Por el contrario calla y ambos serán devorados por esta horda insaciable.

Uno representaba al valor, el arrojo, la seguridad. Mientras pudiera inhalar una molécula de aire jamás se rendiría. El otro simbolizaba la autoridad moral, la diplomacia y el sueño de un mundo idílico. Unos ideales inquebrantables, una visión genuina. Un corazón partido en dos, mas no simétrico, un peso desequilibrado al fin y al cabo.

-¡Míreme, padre! –Brillo de Acero reclamó la atención–. Céntrese, olvide a toda esta escoria nauseabunda que nos aprisiona y tome una decisión. Usted es el rey, el máximo exponente de la ley y el orden en esta nación. No hay nadie mejor preparado que usted para tomarla, a nadie corresponde salvo al rey. Haga oír su voz, salve o sentencie, mas decida ya, es su obligación, su último acto en el trono… Decida lo que decida, lo entenderemos y respetaremos –su rostro era impertérrito, su voz firme y potente-. Solo le pido que tenga presente una última cosa: la guerra nunca acaba.

Cenit pasó a contemplar las refulgentes estrellas. La noche avanzaba rauda a la par que el humo de las hogueras se disipaba.

-No tiene porque hacer nada, padre –Temple Etéreo elevó ahora la voz, nunca jamás había sonado tan solemne como aquella noche–. El caos solo genera caos, la malicia no trae nada salvo rencor y sufrimiento. En el momento que obedeces una demanda del terror te conviertes en uno más de ellos. Hemos sido vencidos, conquistados y seremos aniquilados. El futuro nadie lo conoce, mas el presente lo decidimos a cada instante. No se deje llevar por el torbellino de crueldad que nos circunda, espere su momento o muera dignamente, pero no decida algo que no se le puede pedir ni a los mismos Dioses de la Natura.

La cota de malla asfixiaba al rey, oprimía su corazón, su voluntad, así que se despojó de ella. Después fue el turno de los brazales y guanteletes. El pesado tintineo del metal que hizo temblar el suelo era como música celestial para sus enemigos. El silencio, por primera vez, era absoluto en el monumental patio venido a mausoleo. La algarabía había dejado paso a la expectación.

Cenit Áureo había oído a ambas partes, ambos argumentos, había sopesado, tenía una respuesta que dar. Ocaso Lúgubre se relamía fruto del sádico placer que le producía verse pisoteando los milenarios ideales del mundo.

-¡Vamos, habla de una vez viejo decrépito! –increpó Ocaso, exhortándole a tomar una definitiva decisión-. Da un nombre y salvarás a uno de tus hijos, es tan sencillo como eso. ¿Qué prefieres, uno o dos hijos muertos?

La horda desenvainó al unísono, profiriendo una serie de escalofriantes alaridos preludio sin duda de una tragedia tan mayúscula como inevitable. El cielo caía a pedazos sobre su desesperaba decisión.

-Siento mucho no estar a la altura, ni como rey ni como padre. Sé muy bien que pagaré mis faltas en el eterno reino de la muerte. Todo suplicio será poco para el que realmente merezco. Espero que las futuras generaciones sepan entender mis motivos, las razones por las cuales debo actuar aquí y ahora en pos de una restauración que se antoja imposible, mas no lo es. Solo veo una salida, el fuego debe ser combatido con fuego –el rey hundió su mirada en el pavimento–. Lo siento Temple, con infinito dolor y víctima de la más lacerante aflicción, elijo salvar a Brillo de Acero.

Dicho y hecho. Cuando el rey calló, el mandoble habló, eso sí, con una significativa variación. Un certero tajó seccionó la cabeza de Brillo de Acero. El rey quedó petrificado cual piedra milenaria.

-Lo lamento, he sentido un súbito deseo de cambiar las normas –expresó Ocaso Lúgubre, girándose hacia Temple Etéreo–. Deberías darme las gracias, ahora sabes realmente cuánto te aman… Vivirás con la certeza de que tu propio padre te prefiere muerto.


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