Cineclub: la morada de lo muerto

Es hora de aparcar remilgos y sollozos, acogerse a la manida frase de hacer de tripas corazón y afrontar la verdad tal y como es. He traspasado el umbral que separa la luz de la sombra, el exceso de la falta, la villa de la carne de la del alma. Mi cadáver aún está fresco, a la espera de que el vagabundo de turno lo saquee y dé a continuación parte a las pertinentes autoridades para que éstas introduzcan mis restos en una bolsa de plástico. Aprovecharé pues este interludio, estos más que probables últimos destellos de lucidez para contaros desde el principio mi malograda historia.

El sonido del despertador laceró mis oídos a las veintitrés horas y treinta y un minutos, hora más propia para levantarse de vampiros y otros aborrecibles seres de la noche que de un humilde escritor. La oscuridad anegaba por completo la habitación, pesada, flotante, como un camarote inundado que reposaba eternamente en los confines del fondo del mar. Tratando de escapar de aquella sensación de agobio pulsé el interruptor de la lámpara de mi mesita y abandoné raudo la cama. Alisé mis ropas con las manos, volví a meter los faldones de la camisa por la cintura del pantalón y me calcé las botas. Se estaba convirtiendo en toda una rutina eso de dormir con la ropa puesta. A continuación, antes de tomar un frío café delante de mi desesperantemente vacía hoja de Word, quité unos cuantos enredos de en medio e hice la cama como nunca antes la había hecho. Mi afán obtuvo recompensa: quedó perfecta, digna del orgullo de toda madre. Si alguien me llega a avisar de que tan solo unas horas después moriría me habría ahorrado tal trago.

La profesión de escritor de medio pelo es más dura de lo que la mayoría de la gente puede llegar a pensar. Que sí, que sí, que se trabaja muy cómodo sentado en una silla y pulsando teclas con letras, inventando personajes e historias, adaptando otras… abriendo la puerta a la imaginación, creando nuevos mundos. Pero no es oro todo lo que reluce, no. Hay un factor delicado, a veces esquivo y caprichoso que domina la escena siempre. La necesitas tanto como la tinta o tus manos, el portátil o la máquina de escribir. Cuando no la tienes, como era mi caso, estás más perdido que un ciego en un laberinto. Estoy hablando ni más ni menos que de la inspiración.

Hace unas semanas recibí la llamada de mi editor, el cual, visiblemente emocionado por el candor de su voz, me hizo saber que me había hecho un hueco en una nueva publicación de historias de terror. Recibí la noticia con tanta ilusión como inseguridad pues iba a ser la primera vez que me enfrentaría a un género tan manido y estimulante, complicado pero lleno de posibilidades. La palabra que me suscitaba era respeto, respeto por hacerlo bien, por no desentonar. Tras expresarle mis dudas al editor, éste simplemente me dijo: “ya sabes, crea una atmósfera oscura y malsana, una buena intriga y mete a algún monstruo… y si es posible que muera alguien. No puede ser tan difícil”. Hay que ver cuánta razón llevaba el condenado.

Los días pasaban de largo al igual que las musas. Tenía que hacer algo con eso, moverme, cambiar mis hábitos, propiciar de una vez por todas el regreso de mi diluida inspiración. Decidí entonces dar un giro a mi cotidianeidad, vivir de noche y dormir de día. Parece una estupidez, pero la vida nocturna difiere tanto de la diurna que no estaba mal encaminado del todo. No en vano es en la oscuridad cuando el mal se desata; decía mi padre que de noche “todos los gatos son pardos”. No tardaría mucho en comprobar tal simpática aseveración.

Haciendo buena la frase de Freud “si la inspiración no viene a mí salgo a su encuentro, a la mitad del camino”, esa última noche decidí salir a buscar lo que parecía que nunca iba a llamar a mi puerta. Pensé que quizás el problema era precisamente ese, que un paseo lejos de mi prisión hogareña podía abrir mi enlatada mente. Abandoné pues la confortable nimiedad de mi piso dispuesto a solazarme con las múltiples sensaciones que encierra la noche a tipos solitarios con mucho que ganar. Que esta ciudad está podrida no es algo que descubrí, sino que refrendé gracias a mi salida. Tras adentrarme unos pasos en el viejo casco antiguo, terreno dominado por juerguistas y proxenetas, mangantes y yonkis, comencé a plantearme de veras si no debí haber salido armado al menos con un rodillo de cocina. Para más inri hacía un calor mayor del que cualquier ser decente debería poder soportar; las calles hedían a vicio y sudor, las farolas centelleaban sumiéndolas en crípticos claroscuros. Papeleras vacías arremolinando toda clase de suciedad a su alrededor. En cada esquina un negocio turbio, una exaltación de la amistad o del deseo, demonios libres de vagar que clavaban su mirada en mí como un perro tras los barrotes de una perrera.

Proseguí mi camino como si tal cosa, sin rumbo fijo pero sin vacile, escrutando la vida que despreocupadamente se escenificaba ante mis ojos. Traté de despejar mi mente, que la noche me envolviera en su mágico desdén, que diera alas a mi maltrecha imaginación de una maldita vez… Entonces la energía ascendió en mi interior calentando mi filamento, proporcionándome al fin la tan ansiada luz. Recordé que no solo de Poes, Lovecrafts o Kings vive el terror, que había obviado-olvidado una fuente de sugestión tan o más grande que todos esos maestros juntos; había dejado de lado el cine. Maldije mi estampa por haber sido tan idiota, tan distraído… pero a la vez me congratulé de haber alcanzado al fin una idea de la que poder tirar. Súbitamente vino a mi mente la escalofriante e increíble historia, leyenda urbana alimentada por el boca a boca desde hace más de veinte años, del antiguo Cineclub. Si decidir salir a dar un paseo fue mi condena, el desarrollo de esa idea sin duda fue la soga  que rompió mi cuello.

Cuentan que en dicho Cineclub tuvieron lugar una serie de inquietantes sucesos coincidentes con un cambio en la gerencia allá por los años ochenta. La nueva dirección pasó de proyectar películas de Howard Hawks o Billy Wilder a las terroríficas obras de Murnau o Fritz Lang. Con el tiempo el Cineclub se convirtió en terreno exclusivo del horror, tanto clásico como contemporáneo, un lugar en la ciudad donde los amantes del género podían al fin dar rienda suelta a sus macabros deseos. Fue entonces, coincidiendo con ese boom, cuando acaeció la primera de una buena lista de desgracias: Benigno Díaz, cincuenta años y dos días, cinéfilo empedernido, fan declarado del cine de extraterrestres, murió en su butaca de triple infarto coronario mientras visionaba “Alien, el octavo pasajero”. Su horripilante rictus descubierto al encenderse las luces de la sala causó tal conmoción que la mayoría de los espectadores abandonaron el cine a uña de caballo. Los pocos que quedaron no tuvieron más quehacer que cerrar los ojos al difunto y sacar su pringosa mano del cartucho de palomitas.

Sé lo que pensáis,  la gente muere en todas partes, ¿por qué no en un cine?, peores cosas se han visto. Igualmente son innegables dos circunstancias: la primera, que la película fuese de terror y no una comedia o un musical proporcionó mayor juego y repercusión a la noticia; la segunda, que desde luego no era algo que ocurriese muy a menudo… al menos hasta ese día. Benigno abrió sin quererlo la veda.

Recuerdo haber leído que el estreno de “El Exorcista” en Estados Unidos levantó ampollas, la gente vomitaba y se desmayaba durante la película víctimas del aura maléfica que envolvía a la cinta. A todo eso pronto se añadieron ataques de pánico, taquicardias y algún que otro infarto… las ambulancias se agolpaban en las puertas de cines y teatros de medio país. Mefistófeles podía estar bien orgulloso de su dulce intermediadora. No obstante podemos calificar tales antecedentes como puntuales y anecdóticos comparados con los sucesos que en los años posteriores al fallecimiento de Benigno tendrían lugar en el Cineclub. Meses después otra joven, cuyo nombre no alcanzo a recordar, murió en extrañas circunstancias en los baños del cine. Se proyectaba una de zombies. A ella le siguieron una retahíla de infartos, tres concretamente, que tuvieron lugar entre marzo y mayo de 1984. La primavera de la muerte. Las víctimas presentaban todas exacto caso, paro cardíaco mientras visionaban una película. Las autoridades se apresuraron a tomar medidas, algunas irrisorias, como prohibir la entrada al cine a personas de más de cuarenta años o hacer firmar a los usuarios una cláusula por la que quedaban informados del grave riesgo al que se sometía al entrar a la sala.

A partir de entonces es cuando la historia se funde con la leyenda, las informaciones aparecen difusas, primando ante todo el elemento surrealista. De pronto la superstición y la paranoia se instalaron en el subconsciente de los humildes ciudadanos. Unos siguieron asistiendo al Cineclub como si tal caso, ajenos a toda la tontería que rodeaba al asunto; otros por su parte parecía que iban exclusivamente a probar una experiencia sobrenatural, a entrar en contacto con lo desconocido. Pretendían mirar a la muerte a la cara pero sin que ésta les devolviese la mirada… Ya les puedo dar fe de que una vez vistos esos ojos no hay vuelta atrás. En este asunto no hay punto de retorno.

La leyenda urbana creció como una bola de nieve ladera abajo: se cuenta que ya no solo moría la gente de insuficiencias cardíacas, algunos cuerpos aparecían con graves heridas, signos evidentes de lucha, mutilaciones incluso. Esto no llegó a trascender oficialmente pues los dueños se encargarían de sacar furtivamente los cuerpos de la sala antes de que la proyección acabara y la luz se hiciera con la sala. En fin, eso dicen las malas lenguas. Lo que resulta impepinable es que hay registrados varios casos de socios del club desaparecidos en la época, que la presión social de cierto sector dio finalmente sus frutos y que una calurosa noche de agosto de 1987 el Cineclub se vio obligado a cerrar definitivamente sus puertas.

Pensaba en todo eso cuando una señorita de la noche me sacó de mi momentáneo letargo ofreciéndome sus magníficamente sucios servicios. Decliné con educación y temor, ojos severos acechaban en la pegajosa noche, y convine al fin acercarme al viejo Cineclub a rememorar viejos tiempos y refrendar tragedias de la muerte. Así que avancé con decisión internándome en las tortuosas y lamentables calles perdidas del centro. Allí no había ni un alma, ni un sonido que perturbara mi marcha, tan solo la pálida faz de la luna atestiguaba mi avance hacia lo inevitable. Desfasadas luces de neón azul marcaban mi camino como luminiscentes señales de aviso, recortándose en la oscuridad, cegándome de deseo por saber más. Una docena de pasos más y al fin llegué a las oxidadas verjas. Sobre las mismas el viejo cartel apagado, apedreado, que un día rezó en rojo intenso: CINECLUB. Fui dispuesto a forzar-reventar la entrada, pero no hizo ninguna falta: las rejas se encontraban entreabiertas, la mugrienta puerta de detrás se abrió chirriante al empujarla suavemente con la palma de mi mano. Crucé el umbral, traspasé mi mortaja. El miedo comenzó a aflorar, la cosa funcionaba, pero a la vista de lo que me aguardaba aún no tenía el suficiente.

Como era de imaginar no se veía ni escupir. La bien entrada madrugada y la total ausencia de ventanas sumían al antiguo cine en una oscuridad plena, aplastante. El abandono y la escasa ventilación hacían que el lugar oliera a yeso húmedo y colchones podridos. Gracias a la pantalla de mi teléfono móvil pude iluminar cada paso, hacer tangible la realidad que me rodeaba, recordar un lugar que no visitaba desde hacía más de dos décadas. El hall estaba exactamente igual que siempre, con la única diferencia del azote del tiempo golpeando sus entrañas: el suelo de mármol había perdido su característico brillo de espejo, al igual que la columna cilíndrica cubierta de chapa metálica o la inmensa lámpara de araña que flotaba inmóvil sobre mi cabeza. Ahora el polvo y la corrosión campaban por el hall a sus anchas. Las paredes continuaban forradas de pósters y carteles gigantes de decenas de clásicos del terror: “Nosferatu”, “La Cosa”, “Hellraiser”, “Frankenstein”… la mayoría ondulados y con las esquinas dobladas, alguno incluso rasgado en el que afloraban los ojos inyectados en sangre de Christopher Lee. Continué examinando la sala levitando en el sepulcral silencio bajo espesas tiras de telarañas que colgaban del techo formando verdaderas cortinas de pesadilla. El lugar parecía una carabela detenida en el tiempo, varada en un banco de niebla artificial formada por una suerte de acumulación de inmundicia y naftalina. Una vez lo tuve todo visto me dirigí hacia la puerta que daba entrada a la sala de proyección cuando un rumor de quedos pasos irguió de golpe cada vello de mi anatomía. Dudé si se trataba de una mala jugada de mi refrescada imaginación o si, por el contrario, era posible que tuviera compañía en tamaño lugar. Tenía mis reservas a girarme, sentí verdadero pavor ante las malsanas ideas acerca del ser que esperaba paciente a mis espaldas. Súbitamente sobrevino a mi mente la expresión “¿no querías caldo?, pues toma dos tazas”… Estaba obteniendo justo lo que había ido a buscar. Mi imaginación se disparaba por el aborrecible contexto, mi respiración se aceleraba al escuchar un crujido justo a mi espalda.

En un esfuerzo digno de mención, hice acopio de valor y me di la vuelta como un rayo, ¡zas!, con los ojos bien abiertos y enfocando siempre hacia delante con mi móvil. La azulada luz de la pantalla materializó ante mis ojos lo que en un primer momento identifiqué como un inofensivo mendigo: un anciano de cabello blanco enmarañado cual estropajo, rostro afilado, mal afeitado, ojos apagados hundidos en sus profundas órbitas. Lo más curioso de su aspecto era su atuendo, una sucesión de capas de jersey de lana, abrigo y manta impropias para las altas temperaturas del verano.

Tras contemplarnos mutuamente durante unos segundos intenté decirle algo, darle las buenas noches educadamente,  pero la frase “¿qué le trae a la morada de lo muerto?” me lo impidió. Juraría que la oí, como también juraría sobre la tumba de mis ancestros que aquel tipo no abrió la boca. El desconcierto se hizo fuerte en mis adentros, no sabía si contestar, no sabía si en realidad había oído lo que había oído.

De nuevo “¿qué le trae a la morada de lo muerto?”, los labios del tipo sellados.

Al fin me avine a responder algo así como “he venido en busca del miedo”. El anciano me lanzó una mirada francamente malévola, de esas que cualquier hijo de vecino recordaría por el resto de sus madrugadas, extendiendo a  continuación sus brazos y señalando en teatral ademán con sus vertiginosos dedos  y enlutadas uñas el camino que debía seguir. Comenzó a andar a un ritmo tan lento como espeluznante, internándose en la oscuridad como un demonio en el Hades. Al fin llegamos a la puerta roja de entrada de la sala de proyección, la cual se hallaba curiosamente cerrada con cadena y candado. El anciano echó mano a uno de sus bolsillos y sacó del mismo dos objetos: la llave que nos permitiría entrar en la sala y una antigua linterna a pila cuadrada que hizo innecesario mi teléfono.

No sé muy bien por qué le seguí, supongo que mucho tuvo que ver la emoción del momento, la intriga que envolvía cada paso que daba. Me encontraba en el momento más extraño y a la vez más excitante de toda mi vida, sentía la sangre fluir por mis venas, agolparse en mi pecho, como un niño que sabe que no hace bien pero a la vez desea ver más y más. El anciano anduvo unos pasos por delante iluminando el estrecho pasillo enmoquetado que separaba las dos gradas hasta detenerse y enfocar la fila número trece. No estaba falto de humor el viejo. Con la otra mano sacó un pañuelo y mal limpió el que iba a ser mi asiento para a continuación indicarme con gesto inequívoco que me sentara. Tragué saliva y accedí ansioso por descubrir el misterio que me aguardaba. Me acomodé en el asiento que flotaba en la oscuridad y de nuevo una voz que emergía de los labios sellados del anciano dijo: “yo le mostraré el verdadero significado del miedo… pero no se lo tome muy en serio, recuerde que esto es cine”.

Asentí nervioso mientras una risita se clavaba en mi alma y la luz de la linterna se apagaba, sumiendo mi mundo en penumbras otra vez. Acto seguido el proyector chirrió y la inmensa pantalla que tenía enfrente se iluminó empequeñeciendo mi pupila mientras comenzaba a emitir la famosa cuenta atrás. Respiré hondo, solté nervios y me dejé llevar por el embaucador encanto de lo genuino.

3, 2, 1…  La luz proyectada hacía brillar el polvo del aire. No lo sabía, pero mi última sesión dio comienzo.


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