Más allá de la Tierra Muerta

I

Solo contaba cuarenta años, pero el viejo Hallenbeck había vivido ya por tres. Había robado ganado y licorerías a lo largo y ancho del país, asaltado trenes en marcha, desvalijado diligencias, destrozado mandíbulas y partido piernas. Había asesinado a sangre fría y también caliente… incluso ganó sus buenas pagas trabajando una larga temporada como cazarecompensas.

Los últimos tiempos los había pasado a la sombra. Dos años en el penal de Santa Fe por delitos que le costaba recordar, a los que había que sumar unos cuantos meses viviendo casi de ermitaño –sus largos cabellos canos y su descuidada barba así lo atestiguaban- en una vieja cabaña que se caía a pedazos en High Trees.

La felicidad le era esquiva, le asaltaba por momentos, cabalgando por las entrañas de un cañón milenario, observando la inmensidad del cielo en una noche estrellada o aspirando la pólvora recién detonada. Fragmentados recuerdos de una existencia dañada, de un camino por el que Hallenbeck siempre equivocaba la dirección.

De alguna manera, se había acostumbrado a una vida sencilla y contemplativa. A autoabastecerse de caza y recolección para seguir respirando. A limpiar sus ropas en el río, a construir un pequeño establo para su fiel bretón. Su cotidiana tranquilidad tan solo era rota por un lejano rugido que de tanto en tanto helaba su alma y atenazaba sus músculos, la sempiterna amenaza de lo que –sin lugar a la duda- era un puma.

La lluvia caía a plomo la tarde que apareció un visitante. El hombre, escuchimizado y entrado en años, portaba una gorra azulona y una saca de pellejo de cabra a la espalda. Se acercaba con tiento a la cabaña, sabiendo por el humo que emanaba de la chimenea que allí había alguien, rezando una oración interna porque el hombre al que tenía que ver no fuese ni la mitad de terrible de lo que le habían contado. El sonido del Winchester de repetición de Hallenbeck amartillándose quebró el silencio y elevó sus manos al aire como un resorte.

‒La bolsa. Al suelo. Ya.

La orden de Hallenbeck, acompañada de una cavernosa voz que parecía venir de ultratumba, fue cumplida ipso facto por el hombre, cuyo sombrero parecía ya una playa.

‒¿Armas?

El hombrecillo negó ostensiblemente, provocando que el agua acumulada en su cubrecabezas y en su ropa saliera disparada en todas direcciones.

‒¿Qué se te ha perdido por esta tierras?

‒Busco a un hombre… un tal Alphonse Hallenbeck. Me han dicho que podría encontrarle en esta montaña.

‒Parece que lo has encontrado. ¿Qué demonios quieres?

‒Entregar una carta.

La lluvia complicaba una escena de lo más inofensiva. Hallenbeck afinó la vista, relajó los hombros y bajó el fusil. De pronto lo vio tan claro como un domingo de mayo. El uniforme del servicio de postas que no había reconocido, la saca llena de cartas, el miedo en los ojos de aquel hombre.

En el dorso del sobre, fabricado con un papel vulgar, oscurecido por el tiempo y los múltiples usos, no aparecía remitente. No hacía falta, sabía a la perfección de quién era, la única persona con la que tenía un tema pendiente.

 

Estimado Al,

Debería comenzar esta carta disculpándome por no haberte escrito antes, pero me he enterado de que has estado poco disponible últimamente, así que tanto da. Me alegra saber que ya estás fuera, que vuelves a ser libre como un pajarillo. Si hubieses confiado más en mis consejos no te habrías visto entre barrotes, ya te dije que Del Toro y Drazick no eran buena compañía. En fin, supongo que eso ya es agua pasada, has pagado tu deuda con la sociedad. Poco más importa.

Hablando de deudas, el objetivo de esta misiva no es otro que saldar la mía contigo. No creas que me he olvidado de ti, viejo amigo, ni de tu parte de ese pastel que, de momento, solo he podido degustar yo. La caja con tu parte del botín se encuentra a buen recaudo, esperando a que su legítimo dueño le eche mano. La hallarás en el antiguo fuerte de Conrad, más allá de la Tierra Muerta. Simplemente entra en el despacho del general y cava.

Poco más que comentar, compañero, espero que hayas logrado poner punto final a tu mala racha y que ésta no vuelva jamás. También que la generosa cifra que encontrarás en la caja te ayude en tus próximas empresas, tengan el cariz que tengan. Dudo mucho que nuestros caminos se vuelvan a encontrar, no por ganas, sino por seguridad, aunque imagino que eso es algo que deberemos dejar en manos del destino.

Cuídate, Hallenbeck. El mundo, la mayoría de las veces, es un lugar atroz.

Respetuosamente tuyo, Mel.

 

La carta acabó en la chimenea aquella noche, alimentando unas últimas brasas que se resistían a extinguirse. Por delante se abría un horizonte incierto pero estimulante, tan sembrado de dudas como de posibilidades. Si Mel no mentía, con la cantidad de dinero que encontraría en esa caja tendría la oportunidad de abandonar la cochambrosa cabaña y, quizás, comprar un rancho, invertir en la tierra, poner su nombre a una finca.

Si Mel no mentía podía cambiar su suerte, prosperar, sacudirse de encima ese estigma de perdedor que le acompañaba allá a donde iba. Tenía poco que perder y mucho que ganar, era una jugada obligada. Una jugada que iba a realizar con su fusil al hombro y un revólver al cinto. Solo por si acaso, solo porque el hombre es el ser más miserable de la naturaleza.

 

II

El tiempo cobra una nueva dimensión cuando entras en el territorio de la Tierra Muerta. El ocre domina el yermo páramo donde el cielo se funde con el suelo. La temperatura asciende a niveles tan solo soportables por serpientes y alacranes; el sombrero, el poncho y una cantimplora llena se convierten en los bienes más preciados para la vida. Los restos óseos de los seres que acabaron sus días allí son el único adorno, el único salto del monótono y brutal desierto.

Hallenbeck se sentía en un limbo. El hipnótico trote de su caballo, el inmenso astro rey calentando en el cenit, la mente viajando a lugares que habían dejado de existir, a momentos diluidos en el embudo del tiempo. En la lejanía comenzó a dibujarse la compacta y célebre silueta del Fuerte Conrad, con su empalizada de varios metros de altura, sus cuatro torres de vigilancia y su multitud de mástiles decorados con rasgadas banderas confederadas.

Aquel lugar olía a derrota, impregnaba el polvoriento aire, otorgaba un nuevo significado a la palabra silencio. Al ató el estribo de su bretón en un poste de la entrada, tomó la pala y se internó en el fuerte a pie. Nunca antes había estado allí, pero las historias de valor, vergüenza y muerte acaecidas ahí habían llegado en numerosas ocasiones a sus oídos. Unas contaban que resistió once meses el asedio unionista, otras que dos años. Para algunos las cuentas ascendían a quinientos muertos, mientras que otros colocaban en más de mil el número de almas perdidas entre aquellas paredes.

La dependencia del general siempre era la misma, no importaba el fuerte. El edificio central, mejor protegido y abastecido del complejo. La oscuridad del lugar apenas era rota por un par de haces de luz que entraban por las roídas persianas, haciendo bailar el polvo suspendido. Hallenbeck apoyó la pala en una mesa y dedicó unos instantes a examinar el suelo de la estancia, buscando la equis que marcara el lugar. La halló a los pies de un viejo taquillón de roble. Tierra removida, tierra de un tono diferente a la dominante.

Abrió la caja –en realidad una sandwichera metálica que la RoystonCo regalaba a las familias de sus empleados en los años cincuenta- tras unos intensos minutos cavando. Fue como el amanecer tras una infinita noche en vela. Había un buen montón de billetes de quinientos ahí. Cerró la caja con un esbozo de sonrisa en los labios y abandonó el despacho para quedar petrificado a los dos pasos.

‒Al Hallenbeck… No te recordaba tan pálido.

Andrajosa melena de penco, rostro afilado, ojos felinos y sonrisa cruel. Bajo un sombrero de ala ancha y una pasada gabardina guardapolvo se encontraba Black Amanda, la mayor hija de perra que las crónicas del Nuevo Mundo recordaban.

‒Suelta el almuerzo y las armas. Despacio, muy despacio.

Hallenbeck obedeció ante la atenta mirada de Black Amanda, sus cinco hombres y media docena de revólveres. El sol permanecía impávido en el cielo, gobernando un mediodía eterno. El cinto con la cartuchera y el Schofield de Al cayó a la arena, mismo destino para su fusil.

‒¿Mel? ‒preguntó Hallenbeck

‒A estas alturas tendrá el cuerpo lleno de gusanos.

‒Bonita estampa…

‒La misma que tendrás tú en unos días.

‒Uhm. Nos adelantamos a tu banda… Simplemente llegamos antes y dimos el golpe. Deberías aceptarlo, tener un poco de honor.

‒¡No hay honor entre la escoria!

Un par de cuervos alzaron el vuelo desde un tejado.

‒Créeme, ya pague lo mío.

‒No fue suficiente, por eso estoy aquí.

‒No puedes matarme, Amanda, lo sabes.

La risa se escuchó hasta en las hacinadas y elegantes calles de la costa este.

‒¿Recuerdas cual es mi sobrenombre? ¿Cómo me llamaban en Missouri?

‒¿Qué es esto? ¿Un viejo truco para ganar tiempo? ¿Tanto miedo tienes de reunirte con tu dios?

‒Dilo.

‒¿Cómo dices?

‒Mi nombre. ¡Di mi maldito nombre!

‒Hal ‒Amanda frunció el ceño antes de mirar a sus hombres, parecía a punto de relamerse ‒… Hallenbeck el afortunado.

Le pegó un tiro en el estómago. Inapelable, sin avisar, a bocajarro. Al no tardó ni tres segundos en probar el sabor de la tierra. Entre risas, los hombres de Black Amanda recogieron sus armas y la sandwichera con dólares mientras ella le dedicaba unas últimas palabras a un hombre retorcido de dolor.

‒Te voy a conceder más que a la mayoría, Hallenbeck, no te pienso rematar. Te voy a dejar aquí tirado a tu suerte ‒la última palabra la pronunció con marcado retintín‒. El pueblo más cercano es Manzanita, a setenta millas al norte. Quién sabe, quizás lo consigas, quizás te vuelva a ver…  Aunque yo no apostaría por ello

 

III

Empieza a nevar, pero hay algo raro en esa nieve. La temperatura ha descendido de forma notable, los copos caen cubriendo el suelo despacio, pero no son blancos, son rojos como la sangre. Hallenbeck camina por una senda de árboles muertos y cielo gris. No se escucha un sonido, ni el aire, ni los pasos, ningún ave extraviada o insecto danzante. Está solo, brutalmente solo, y lo sabe, puede sentirlo, es el vacío que queda cuando todo lo demás se agota.

Algo rompe la homogeneidad del inanimado paisaje, una forma que el viejo Al no ha olvidado. Más de treinta años le separan de aquel niño que descubrió lo que era la muerte disparando con la vieja carabina de su abuelo al gato que merodeaba por las noches en su jardín. El retorcido cuerpo del felino, con la boca abierta y los ojos ensangrentados, se encuentra a sus pies, como si el tiempo no hubiese pasado, sintiendo exactamente lo mismo, arrepintiéndose al instante de la decisión tomada.

A los pocos metros aparece el fiambre de un recurrente tormento. Los labios amoratados, los ojos blancos, el cuello con una corbata de soga de al menos dos metros que el propio Hallenbeck le colocó. No fue el primero, pero sí el más doloroso, nadie especial, solo una persona que nunca había hecho daño a nadie. El primer inocente muerto por sus manos.

El desfile de cadáveres prosigue a un ritmo feroz, los cuerpos van apareciendo a ambos lados del camino, amontonándose junto a la nieve roja. Al echa a correr, no porque les tenga miedo, no porque quiera escapar de lo que sin lugar a dudas merece, corre porque el suelo comienza a desparecer bajo sus pies. Cielo, suelo, aire y muerte colisionan. El mundo se desmorona, no hay lugar al que ir.

‒Tranquilo, respira, estás a salvo.

Hallenbeck despertó en una oscura estancia. Junto a él se encontraba un muchacho rubio y delgado de nariz prominente y los ojos más azules que había visto nunca. Sus rasgos no concordaban con un vestuario en el que destacaba un peto hecho con huesos de pequeños animales y un collar con plumas.

‒¿Qui-quién eres? ¿Dónde diablos…?

‒Tranquilo, despacio –el muchacho tomó un cuenco de barro con agua‒. Ten, bebe un poco de agua.

‒¿Estoy… en un poblado hatipi?

‒Así es.

‒Pero tú no…

‒No. No nací aquí, pero ahora soy uno de ellos. La vida tiene más sentido aquí que allí… Al menos para mí.

‒Uhm. ¿Por qué… por qué me salvasteis?

‒No sé en tu mundo, pero aquí, si encontramos a un hombre medio muerto y desangrado en el suelo intentamos darle auxilio.

Hallenbeck se incorporó. De pronto sintió un lacerante latigazo en la entrañas. Su mano derecha fue a parar a un compacto vendaje que mantenía el material interno a buen recaudo.

‒Me largo.

‒No te lo recomiendo. Solo han pasado tres días, sigues muy débil.

‒En mi mundo… ‒Al logró recuperar la verticalidad tras un esfuerzo sobrehumano‒ las cosas no tienen mucho sentido, ¿no es cierto?

Encontró a su fiel bretón amarrado a una rama de un hermoso y centenario cedro. Su sombrero, el poncho y la cantimplora llena le aguardaban en un cofre abierto a su lado. Más allá se extendía el mosaico de puntiagudas tiendas y columnas de humo que instantes después abandonaría.

El día comenzaba a romper. Los primeros haces de luz se alzaban junto al vuelo de una bandada de colibrís que se dirigían al este. Sin consentir ayuda alguna, Hallenbeck logró auparse a la montura de su caballo y cabalgó. Cabalgó dejando atrás el poblado hatipi, lejos de todo atisbo de vida, abrazando su nueva oportunidad, regresando al único lugar donde se había sentido seguro en los últimos tiempos. Cabalgó  y cabalgó más allá de la Tierra Muerta.

© Alfonso Gutiérrez Caro

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Fotografía: pixabay.com

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