Duelo en Río del Oro

I

─¿Cómo te fue con la fulana esa anoche? –preguntó Del Toro tras dar un pequeño trago a su zumo de zarzaparrilla. Nunca bebía en horas de trabajo.

─¿Fulana? ─exclamó Drazick derramando sin querer un poco de whisky sobre la mesa─. Sabes muy bien que esa mujer es una auténtica dama.

─Oh, perdóname, la petit mademoisille de alta alcurnia…

─Tampoco es eso, joder. Su padre tiene más cabezas de ganado que nadie en todo el puñetero estado, pero tampoco es que sean reyes ─dijo Drazick mientras recogía con las yemas de los dedos las gotitas de whisky derramadas.

─Ya, ya, ni tú eres precisamente un príncipe, qué demonios ─-Del Toro apuró su bebida e hizo un gesto con el mentón al tabernero para que le trajera otra.

─Y es justo por eso que al final no ocurrió nada. Creo que a esa mujer le gusta jugar, ¿sabes lo que digo? Tenerme cerca, sentir el peligro como el que tiene un tigre de bengala de mascota.

─¿Quién tiene un tigre de mascota?

─Es solo un ejemplo, hombre. Esa lo que en realidad va buscando es pasta.

─¿Pasta? Ahí creo que te equivocas, amigo. De eso va más que sobrada. Lo que va buscando es posición social, y con un jodido forajido como tú a su lado lo única que puede encontrar es cara al suelo con un tiro en el espinazo.

─Dios, Toro, ¿tenías que ser tan gráfico?

─Ese es el fin que nos espera a la mayoría de los que nos dedicamos a lo que nos dedicamos… Y a todos aquellos que andan cerca.

Las portezuelas de la taberna se abrieron con su inconfundible chirrido y su habitual barahúnda de polvo. El singular tintineo de esas espuelas al entrar en contacto con la madera valía por toda carta de presentación. En el umbral se recortó una silueta grácil y menuda, ataviada con un buen abrigo de pieles, un sombrero demasiado grande para tan poca cabeza y una cartuchera doble con un par de Colts. La chica, que probablemente no habría cumplido aún los veinte, dirigió sus pasos hacia la mesa de los dos forajidos y se sentó en una de las sillas libres.

─Del Toro y Drazick, ¿eh?

─A juzgar por tu gesto y tono, no pareces muy impresionada ─soltó Del Toro justo antes de ir a por otro trago.

─Me impresiona Monument Valley al atardecer, una manada de cientos de búfalos corriendo al unísono o una buena noche estrellada, pero no dos abuelos de gatillo fácil.

─¿Abuelos? Aún no tenemos los cuarenta… ─protestó Drazick.

─Y al ritmo que lleváis es probable que no los cumpláis.

─Mira niña –Del Toro apretó los piños, respiró hondo y tomó las riendas─, estamos aquí en deferencia a tu madre, con la mejor disposición, pero no vamos a consentir que nos insulte una criaja a la que se le acaban de caer los putos dientes.

La chica rió de buena gana, segura tras la todopoderosa coraza que le proporcionaba ser hija de Black Amanda.

─Está bien ─la chica levantó por un momento las manos es signo de paz─. No pretendía ser grosera, es solo que mi madre me ha contado muchas cosas sobre vosotros y, bueno, os imaginaba de otra forma, solo es eso.

─Aceptamos tus palabras, pero no olvides que vosotras nos habéis llamado a nosotros, no viceversa; y que somos los mismos malnacidos de esas historias que te han contado. Puede que peores… ─Drazick dio por concluido su pequeño discurso tomándose su tiempo para encenderse un pitillo en los labios─. Y ahora, ¿podemos hablar de negocios?

─El negocio es claro como las aguas del Tahoe, queremos la cabeza de Al Hallenbeck.

Del Toro y Drazick compartieron una mirada de circunstancias, escrutaron el rostro de aquella joven un instante para volver a hablarse entre ellos con los ojos. Hacía mucho que no oían pronunciar ese nombre. Al Hallenbeck… ni en un millón de años habrían adivinado que ese sería el encargo.

─¿Por qué Hallenbeck? ─inquirió Del Toro─. Hace años que anda fuera de circulación…

─Sí, justo después del… encuentro con tu madre.

─Entonces lo sabéis todo. Es algo personal para ella, lleva años arrastrando ese amargor, ha destinado muchos recursos a encontrarlo… Y al fin creemos saber dónde se esconde.

─Si eso es así ─añadió Drazick─, ¿por qué no va y lo mata ella misma? ¿Por qué contratar a alguien?

─Bueno, como a buen seguro habréis oído, los negocios de mi madre han medrado mucho en los últimos tiempos, se está haciendo un nombre, y no solo en los círculos económicos del estado… Está considerando seriamente dar un paso más, iniciar una nueva carrera. No sé si me entendéis.

─¿Dices que tu madre está pensándose entrar en política? ─pregunto Del Toro, visiblemente sorprendido.

─Tarde o temprano lo hará, y por eso ni ella ni su gente deben verse salpicados por este tipo de… asuntos.

─Nos has dicho por qué él, ahora dinos por qué precisamente nosotros y no otros… Hay muchos gatillos fáciles, como tú los llamas, por ahí ─añadió Drazick tras soltar una densa bocanada de humo.

─Porque sabemos que tenéis un pasado común con él, erais una especie de… sociedad, ¿no es así?

─Una que acabó, sí ─refrendó Del Toro.

─Pues más a nuestro favor. Lo conocéis bien, sois dos y él uno –la chica se echó la mano al interior del abrigo para sacar del mismo un voluminoso sobre que puso sobre la mesa─. Aquí hay una nota escrita con el paradero de Hallenbeck y cinco mil dólares. Cuando traigáis su maldita cabeza cobraréis otros cinco mil más…

El cigarrillo de Drazick se había convertido en una torre de ceniza, del brebaje de Del Toro ya solo quedaba el poso. Entonces vino la ráfaga de recuerdos, imágenes sesgadas de decenas, cientos de momentos que cayeron sobre ellos como disparados por una ametralladora. Instantes varados en el océano de la memoria que jamás llegaban a la orilla, pero tampoco se llegaban a hundir.

─¿Qué me decís? ¿Aceptáis?

 

II

El sol de media tarde arrasaba sus ojos. Los más de treinta grados imperantes emborronaban el horizonte. Para Gray todos los días eran el mismo, atados con fuerza por el cordel de una estricta rutina de trabajo duro del alba al anochecer. No sabía el tiempo exacto que llevaba en Río del Oro, atraído por noticias caducas y filones ya extintos. Lo que sí recordaba era el calamitoso estado del pueblo al llegar, el brote de viruela que se llevó a más de dos tercios de la población y que borró de un plumazo incómodas preguntas sobre su pasado. Ya daba igual, lo único importante era que tenía dos buenos brazos para trabajar, para volver a sacar a Río del Oro del fango y la miseria.

Gray se dedicaba a la tala, corte y distribución de madera. También ayudaba en la construcción de cimientos y armazones, aunque sus conocimientos eran muy básicos. No tardó en ser reconocido como un valor activo de la comunidad. Una tan temerosa como noble y justa, que agradecía los servicios prestados a un tipo que no deseaba reconocimiento alguno, una especie de alma errante y silenciosa, de mirada gacha y melena cana. Lo suyo era sudar y doblar el espinazo, blandir el hacha y cargar, ocupar el tiempo, permanecer siempre activo, no darle cuartel a la mente y sus recuerdos. No volver a tener sueños ni aspiraciones, tan solo respirar, disfrutar de los efímeros deleites que le ofrecía la naturaleza.

Cada noche le aguardaban un trozo de cecina reseca y una botella de brandy barato. Una humilde choza en las afueras del poblado, prácticamente en linde con el territorio mexicano, sin vida ni calor, con el único acompañamiento de un lejano canto de búho. El descanso se tomaba su tiempo en llegar, pero más tarde o más temprano, Morfeo llegaba para desconectarlo por unas horas del mundo.

En ocasiones hojeaba un manoseado libro que encontró en una tienda de comestibles. Le relajaba pasar las páginas, el tacto del recio y amarillento papel, el inconfundible aroma que desprendía. Se titulaba Texas Kid y el ladrón de pieles, con una explícita ilustración de portada en la que se veía al protagonista disparando con un mítico Colt Dragoon a un tipo con cara de malo que portaba sendos fardos de caros bisones.

La aventura estaba clara desde el principio, la línea entre el bien y el mal bien marcada. No había resquicio a la duda ni a la sorpresa, pero eso no le restaba interés a la trama, tampoco el hecho de haberla leído ya varias veces. Cuando el libro caía en sus manos, el mundo echaba el freno, la realidad se transformaba, los remordimientos callaban. Estaba bien ser Texas Kid, estaba bien ser por una vez el héroe indiscutible de la historia.

Pero esa noche no iba a ser como el resto. Los dos caballos atados en la entrada y la tenue luz en el interior de la choza valían por toda carta de visita. El búho no cantaba, el plato de cecina estaba vacío y el brandy pasaba al gaznate de un viejo conocido. Un par de sonrisas y de cañones de revólveres saludaron a Gray nada más cruzar la puerta.

─Cuánto tiempo Al… ¿O prefieres que te llamemos Gray, el mejor carpintero del lado norte de la frontera? ─preguntó Del Toro lanzando una veloz mirada a su compañero Drazick.

─No soy carpintero. Solo acopio madera, no sé crear nada.

─No sé yo, parece que te has creado unos cuantos enemigos –apuntó Drazick divertido.

─Sí, sobre todo uno que ansía colgar tu cabeza en su salón ─continuó De Toro.

─¿Ahora aceptáis dinero de Black Amanda? ¿Os habéis convertido en sus lacayos?

─No te pases de listo, Hallenbeck ─respondió Del Toro al quite─. Tú aceptabas dinero del mismo diablo sin rechistar. Los dólares son dólares, en nuestro negocio no hay lugar para los moralismos. Lo sabes bien.

─También sé quiénes somos y quiénes hemos sido, y lo que representa esa mujer…

─No te pongas sentimental ahora ─intervino Drazick─. El pasado lleva una tonelada de tierra encima. Ya está, ha desaparecido… Y las rencillas que tengas con esa mujer te las has creado tú solito.

─Yo solo fui a por lo que era mío y me llevé un balazo en el estómago. No os podéis fiar de esa mujer, no tiene palabra, solo la mueve la sed de poder y el ansia homicida. Es una enferma.

─Te corrijo, una enferma millonaria ─dijo Drazick dando un pequeño paso hacia Al.

─Creo que ya va siendo hora de que dejes tus armas en el suelo, despacio y como un niño bueno ─ordenó del Toro, amartillando su revólver y colocándose a la par de su compañero.

─Los años no pasan en balde, ¿eh? No llevo una puta arma, ¿es que no lo veis? ─Halleneck se do una vuelta completa levantándose la chaqueta para mostrar la cinturilla del pantalón.

─¿Un forajido sin arma? ─se preguntó Drazick con evidente gesto de incomprensión.

─Yo tardé en comprenderlo, pero algún día verás que lo importante es conservar el alma…

Una bala le silbó al oído de Hallenbeck justo antes de incrustarse en el marco de su puerta. Tres más la siguieron en la parte frontal de la casa, una buena ráfaga de plomo por la de detrás. Los tres hombres del interior se fueron instintivamente al suelo, protegiendo sus cabezas con las manos y tratando de entender la locura en la que se estaban viendo envueltos. Más balas se precipitaron sobre ellos, haciendo saltar las astillas de las paredes, techo y mobiliario.

En un ágil movimiento, Hallenbeck logró cerrar la puerta principal y lanzar un taquillón hacia la misma que le serviría de parapeto. Del Toro y Drazick reptaron con velocidad a base de codo para llegar a la pequeña despensa de Al. El tiroteo no cesaba, incrementando la ensordecedora e infernal vorágine en la que se hallaban. Hallenbeck logró abrir un cajón del mueble que le serviría de escudo y sacó del mismo su viejo Schofield. Comprobó el tambor, una, dos, tres, cuatro, cinco y seis balas. Tendrían que ser suficientes.

Al otro lado de la choza, Drazick y Del Toro buscaban su mirada aferrándose a sus revólveres, aguardando a que la tormenta amainase para salir a repartir un plomo que apenas se contenía en sus armas. Entonces llegó el silencio, efímero y atroz, y con él la chispa que encendió el techo que, instantes después, envolvería la choza en llamas.

Había que salir. Llegados a ese punto, era preferible morir de un tiro en la frente o de tres en el pecho que quemarse vivo en una cabaña cochambrosa. Los tres hombres se hablaron con la mirada, después de tanto tiempo, los gestos y las circunstancias eran casi más claros que las propias palabras. Contarían hasta tres y saldrían de allí escupiendo fuego sin cuartel, protegiéndose los unos con los otros, rememorando viejas locuras y hazañas, devolviendo al mundo unas historias que parecían enterradas por siempre.

 

III

Las tres primeras balas disparadas por Del Toro cantaron muerte, la cuarta acabó incrustada en un poste tras rasgar una pierna a su paso. El rifle de Drazick se deshizo de un tipo apostado en lo alto de una carreta, mientras que su revólver acertó en la sesera de un indeseable que a poco estuvo de sorprenderle por la espalda. Hallenbeck, por su parte, se sentía lento y falto de rodaje, como si hubiese olvidado aquel arte en el que un día fue un maestro. Nada más salir de la cabaña, su sombrero voló con un nuevo agujero antes de poder meter una bala en el pecho a un tipo que manejaba  un cóctel incendiario.

El baile de plomo prosiguió como mandan los cánones. Humo y sangre, desgarradores gritos y aroma a pólvora en el aire. Drazick recibió un disparo en el hombro y Del Toro a punto estuvo de perder la cabeza de no ser por la intervención de su herido amigo clavando una bala en la frente a un tipo que blandía una escopeta recortada. Hallenbeck se dio brío para llenar de plomo un par de estómagos en su rápida huida hacia el cobertizo. Ya a cubierto, pudo ver con la claridad que su casa en llamas otorgaba a la escena, como Drazick y Del Toro, luchando espalda con espalda, se quitaban de en medio al último par de indeseables.

En cosa de unos minutos la choza fue pasto de las cenizas, quedando en el aire una fuerte y desagradable amalgama de humo y muerte. Drazick y Del Toro se dedicaron a rematar a los moribundos, buscando el rostro del hombre que los comandaba, el hombre que había intentado ir a por ellos por la espalda.

─Van Otto, ¿por qué no me sorprende que seas tú?

Del Toro coronó la frase con un duro puntapié que hizo saltar un par de desgastados dientes. El receptor de la caricia, un holandés de cuarenta y muchos con el pelo cortado a cepillo y un bigote a lo Wyatt Earp, soltó una carcajada justo antes de buscar acomodo para su espalda en un tronco cortado cercano.

─No me vendrás ahora con rollos del honor y todo eso, ¿no Del Toro? ─dijo con dificultad el hombre─. No eres mejor yo.

─Mejor no, pero estoy más vivo, eso es seguro ─replicó Del Toro viendo las serias heridas que manchaban de carmesí la camisa de aquel tipo.

─Y no voy con una cuadrilla de doce tíos para cargarme a tres ─añadió Drazick, uniéndose al corro junto a Hallenbeck.

─¿Cuánto paga Amanda? ─preguntó Al.

─¿Qué más da? Nunca llegará a mis bolsillos…

─Eso está claro ─certificó Del Toro con un atisbo de sonrisa en sus labios─. ¿El encargo de Black Amanda nos incluía a los tres o solo a Hallenbeck?

─Nos habló de este lugar… y ordenó que no quedara nadie en pie.

─Buen trabajo, aunque dudo mucho que se refiriera a tus propios hombres, bastardo ─Drazick saco el revólver en un arrebato y apuntó el cañón hacia el rostro de Van Otto.

─No es necesario gastar más balas ─terció Hallenbeck con sosiego─. El tiempo, y no mucho, hará el trabajo por ti.

El silencio asestó un duro golpe sobre la mesa. Simplemente se quedaron ahí parados, retomando el aliento, supervivientes en el campo de batallo viendo a su enemigo morir.

─Imagino que no podemos dejarlo estar.

─Imaginas bien, Hallenbeck ─respondió Del Toro mientras recargaba despacio su arma.

─Me pregunto si habríais llegado hasta el final conmigo ─dijo Al echando un vistazo a la escabechina de cuerpos que le circundaba─. Si hubieseis apretado el gatillo de no aparecer estos de hijos de perra.

─¿Qué te dice la intuición? ─Del Toro enfundó y lanzó una enigmática mirada a su antiguo compañero.

─La verdad es que no quiero preguntarle… Hace tiempo que no me fio de esa esquiva malnacida.

─Supongo que esta es una de esas preguntas para las que no hay respuesta ─añadió Drazick, terminando un improvisado torniquete en el brazo con un pañuelo que segundos antes portaba al cuello ─. No todo iba a ser tan bonito.

─Ya… Ahora la que debe responder de sus actos es Black Amanda ─Hallenbeck se quedó unos instantes mirando la enorme luna llena que iluminaba el campo abonado de cuerpos, admirando su eterna belleza, hipnotizado por su mágico brillo ─. Siguen vendiendo billetes de ida al infierno, ¿verdad?

Drazick y Del Toro se encogieron de hombros al unísono. El primero se dirigió hacia la penumbra en busca de su caballo, mientras que el segundo quedó solo un instante para añadir una frase más a la penúltima historia que vivirían juntos.

─¿Acaso existen de otra clase?

 

© Alfonso Gutiérrez Caro

Fotografía: Pixabay

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