Billete de ida al infierno

I

Muchas cosas han salido mal, pero el plan ha funcionado. El coste ha sido tan elevado como necesario, sacrificios por un bien mayor. Un hombre debe luchar contra su estigma de perdedor, hacerlo con todas sus fuerzas y fe, haciendo acopio de aquello que emana del lugar más recóndito y puro de su ser… Aunque al final descubra que su victoria no dura más que un vaso de whisky en la barra de un saloon.

Desconozco el paradero de mis compañeros Del Toro y Drazick, lo único que sé es que no están encerrados en una piojosa celda como yo. Tras el asalto al tren, cuando se desató la locura y aparecieron una treintena de agentes escupiendo fuego como si no hubiese un mañana, pude ver como Del Toro era alcanzado por un rifle. Drazick anduvo hábil para deshacerse de los agentes cercanos y ayudar a saltar del tren a nuestro socio. Segundos después los vi rodar ladera abajo entre disparos, gritos y humo. Los siguen buscando con ahínco, me preguntan por ellos a cada rato. Mi respuesta es siempre la misma: no los cogeréis jamás.

Para entonces, Black Amanda llevaba un rato con dos tiros en la sesera. Ni todos los dólares del mundo, ni el tren más moderno y fastuoso a su servicio, tampoco un ejército de hijos de perra bien entrenados, pudo protegerla de su merecido destino. Curiosa futilidad la del ser humano, que pasa de ser temido y respetado, una figura hercúlea e imponente, todopoderosa, a convertirse en un guiñapo en descomposición en cosa de un segundo. Dos balas, nada más que eso. Amanda conocía bien esa sensación, en el rincón del infierno al que haya ido a parar podrá reencontrarse con sus fantasmas, con el reguero de vidas que sesgó para mejorar la suya. Que no descanse en paz.

El tipo que me visita y acaricia el bajo vientre con un duro directo de derecha se hace llamar agente Blake. Un zorro viejo con aroma a bourbon y cicatrices en el rostro y el alma. Me trata como a una basura, me golpea y me escupe, y un instante después rebaja el tono y pretende que delate a mis amigos. El pobre infeliz cree que esa técnica le va a funcionar, que puede doblegarme a base de palos… que sé dónde se esconden mis compinches. Lo último que verá en mi cara será una sonrisa cuando accionen el cadalso.

En dos días me han dado un mendrugo de pan y un par de botijos con agua. La oscuridad aquí es prácticamente total, tan solo un hilo de luz atraviesa el ventanuco por las mañanas, proyectando una escalera divina presagio de mi futuro inmediato. Así debería ser, pero no soy un iluso, tampoco me tengo por un hipócrita, desconozco los misterios que nos puedan acontecer tras la muerte, pero una cosa sé con certeza: si existe el cielo, es seguro que no voy a ir.

El sueño no me alcanza, esa es la peor tortura en este agujero de húmedos ladrillos y hedor a meados. Las largas horas de soledad y penumbra llenan mi mente de recuerdos y añoranzas, de crudos arrepentimientos. De lo que pudo ser y no será, de las carencias de una vida para la que no debería haber tenido entrada. ¿Cómo se supone que crece alguien sin un guía? ¿Dónde encontrar las instrucciones de este juego si no tienes a nadie al lado para proporcionártelas? Si nunca has llamado a nadie papá o mamá…

Creo que estoy desvariando. Por suerte esta especie de letanía sin remitente pronto llegará a su fin. Creo que Blake se ha dado ya por vencido, ha cambiado los golpes por hirientes comentarios sobre mi cercana muerte…  Al menos hirientes para casi todos los que los escucharan en mi posición. Lo que ese tarado con placa y licencia para dañar no sabe es que a mí la vida hace tiempo que dejó de llamarme.

La noche llega y la oscuridad solo es rota por un par de destellos fijos sobre mí, dos faroles que me vigilan como si fuesen los ojos de otro mundo. Casi puedo sentir su presencia, su gravedad, no respira porque no puede, no lo necesita, pero hay algo frente a mí que demanda mi presencia en silencio. Una brutal y certera sensación de la que es inútil pretender escapar. Se acerca mi hora, lo único que puedo hacer es cerrar los ojos y apurar mis últimas respiraciones hasta que llegue el fatídico y liberador momento de mi muerte.

 

II

Hace un día espléndido para morir. Nunca había visto un cielo tan azul, unas nubes tan radiantes y esponjosas. Tienen algo de irreal y fascinante, como la obra de un paisajista de esos europeos que las grandes fortunas ansían colgar en su salón. Una bonita estampa para poner broche a una vida de lo más lamentable. Un momento sublime ligeramente estropeado al llevar las manos atadas a la espalda y una soga de esparto rodeando mi pescuezo.

Se ha reunido una buena muchedumbre para despedirme. Debe de haber al menos un centenar de ojos mirándome ahora mismo, prácticamente medio pueblo, aguardando su sesión de justicia semanal, un espectáculo por el que no tienen que pagar un centavo. Hoy el único actor protagonista de la obra soy yo. Los secundarios se colocan cerca para la foto. Blake y el alcalde, el verdugo bajo el cadalso con la mano apoyada en la palanca que me dará boleto al más allá.

El agente demanda silencio con su voz pasada por papel de lija y comienza la lectura de unos cargos que el cabrón se sabe de memoria. El sagrado acto de la justicia da comienzo, Dios bendiga a América.

─Alphonse W. Hallenbeck, reo reincidente número 17894 del estado de Nuevo México. Culpable del delito de homicidio, asalto de transporte privado, destrucción de bienes del estado, robo a mano armada, evasión de la autoridad, perjurio y agresión. Con arreglo a la facultad que el noble estado de Nuevo México nos confiere, condenamos al aquí presente a morir en la horca. Que dios nuestro señor se apiade de…

La explosión hace que deje de ser el centro de atención. Las cabezas se giran al unísono, entre gritos y aspavientos varios, hacia el edificio en llamas, una de las tiendas de alimentación del pueblo. El primero en volver a mirarme es Blake, justo un segundo antes de ver atravesado su cuerpo por un par de balas. Otra ráfaga de disparos se libra de los guardias y el verdugo. Un último disparo corta la cuerda que unía mi cuello al travesaño del que debía estar colgando mi cuerpo inerte.

La gente corre despavorida y confusa, atropellándose los unos a los otros, convirtiendo una mañana plácida de ejecución es un irremediable caos. Entonces se dejan ver los tiradores, los causantes de tal desmán no dan la cara, pues la llevan embozada con pañuelos bien ajustados. Uno de ellos desmonta su caballo a velocidad de rayo para darme un puñetazo que casi me arranca la cabeza. Mientras me debato entre desmayarme o seguir despierto, el tipo me agarra con fuerza para cargarme de paquete en su caballo.

No recorro más que un trecho cuando mis doloridos huesos acaban en el interior de un oscuro carro. La portezuela se cierra, una, dos vueltas de llave, y la calesa parte rauda hacia un destino desconocido… Ni me molesto en barruntar acerca del perpetrador del secuestro de un hombre muerto, hay muchos con ganas, pero pocos no se contentarían con verme en la horca. Y de esos pocos, tan solo una persona sería capaz de orquestar y llevar a cabo tal carnicería.

Tras una hora larga de camino en el que todos mis intentos por liberar mis ataduras acaban en fracaso, el carro se para, la portezuela se abre con pena, y dos de los tipos embozados me sacan como si fuese una mala bestia. El paisaje es viejo conocido: el imperturbable y desolado desierto. Me conducen a rastras hasta una vieja cabaña de adobe sin más decoración ni mobiliario que una robusta silla de madera a la que voy a parar. La silla en la que, sospecho, voy a sufrir los potentes estragos del dolor una vez más…

En cualquier otra época de mi vida habría tratado de centrarme en todo cuanto me rodea, en posibilidades de acción y escape, habría analizado uno a uno a mis captores en busca de sus debilidades, habría trazado un plan para intentar salir de la situación. Pero el momento es el que es, y lo único que siento es cansancio, hartazgo… Ira contra aquel que diseñó un destino tan retorcido.

Me abandonan como a un perro. Las horas pasan y me da por pensar. ¿Y si, en realidad, la ejecución se llevó a cabo? ¿Y si el madero desapareció bajo mis pies y la soga partió mi cuello? ¿Y si todo esto no es ya vida sino lo que hay después de ella? ¿Y si estoy ya en el infierno y no me dado cuenta?

Llega la hora de la verdad. La puerta se abre y tres hombres embozados preceden a una figura menuda, de larga melena y sibilina mirada. Una mujer joven con un sombrero que parece una sombrilla y un par de bandoleras rebosantes de balas cruzando su pecho. Los hombres quedan atrás y la pequeña figura se sitúa a apenas un palmo de mi rostro. Huelo su sudor mezclado con algún perfume francés caro. Regalo, probablemente, de su difunta mamaíta.

─Hijo de puta.

El insulto viene acompañado de un navajazo a la altura de mi omóplato derecho que activa mis nervios y hierve mi sangre. A ese corte le siguen dos más en el pecho antes de alojar el pequeño cuchillo entre dos costillas y girar su hoja con saña y una nada simulada satisfacción.

─Supongo que sabes quién soy… No, no hace falta que contestes, no te he traído aquí para conversar contigo. Te he traído para convertir tus últimos días de vida en un continuo suplicio. La horca era una muerte demasiado amable, demasiado piadosa para el bastardo que acabó con la gran Black Amanda… El malnacido que me ha dejado huérfana. Vas a suplicar tu muerte tantas veces que perderás la razón. Desde ahora hasta que des el último aliento tu vida me pertenece.

 

III

La joven parece exhausta. Se ha hartado de golpearme durante horas con todo cuanto tenía a mano, de cortarme e incluso quemarme. A pesar de ello no ha obtenido una palabra de mí, un grito o una queja. No entiendo porqué sigo consciente, porqué me he acostumbrado tan pronto al dolor… La chica toma aliento con los brazos en jarras, la melena enmarañada y las manos llenas de sangre. Desconozco que sabe sobre la muerte, si es digna hija de su madre o no, pero parece que esto le está costando más de lo que pensaba. Diría que le está viniendo grande.

Sus tres guardaespaldas esperan impertérritos la orden para relevarla, ansiosos, babeando como perros sarnosos. Están bien amaestrados, se ven leales, pero sus miradas les delatan, sus sádicas sonrisas. Un profesional no disfruta de una escabechina de este tipo, un profesional mata o no, pero no se solaza en el sufrimiento de su presa.

La chica peina sus cabellos hacia atrás y se aferra con convicción al cuchillo que tan bien conozco. Toma aire con ganas y echa un rápido vistazo atrás, con gesto contrariado, hacia una puerta que se convierte violentamente en un montón de maderos y astillas. Los tres tiarrones de la entrada no duran ni cinco segundos en pie. Lo que acaba con ellos de forma hábil y quirúrgica es difícil de describir. A medio camino entre humanos y animales, media docena de seres vestidos con desagradables pieles y una recargada y monstruosa decoración facial que deja a los indios en meros aficionados.

La chica consigue rasgar un par de pieles con su cuchillo, pero da con sus cincuenta kilos de peso en el suelo tras recibir un brutal golpe de mazo en la cabeza. Los salvajes -no hay otra palabra que defina de forma más eficaz a esos malnacidos- se abalanzan sobre mí entre escalofriante alaridos e irrefrenable violencia. Un oscuro y espeso humo va invadiendo cada rincón de la cabaña…

Despierto con la mayor jaqueca de mi vida. Todo da vueltas, el mundo está del revés. Sobre mi cabeza un suelo por el que caminan esos malditos con sus excéntricas máscaras de pesadilla. En idéntica posición que yo, apenas dos metros más allá, veo a la chica colgando de una viga. Va amordazada como yo, y en el cabello lleva una plasta de sangre que no tiene buena pinta. Sus ojos se abren hasta el extremo al toparse con los míos.

Nos encontramos en una cueva mal iluminada por antorchas y paredes decoradas con huesos de animales y personas por doquier. En un recuento rápido me salen diez de esos bastardos. Sus armas parecen todas blancas y garrotes. Saltan y danzan, vociferan y cantan como en una traspuesta pesadilla de vudú. No nos han dicho una palabra, al menos ninguna inteligible, pero está claro que no nos han traído para entablar amistad… Sacrifico o comida, una de las dos –quizás ambas- acabaremos siendo si nada lo remedia.

La hija de Amanda aprovecha el éxtasis salvaje para sacarse un cuchillo oculto en un bolsillo cosido en el interior de la pernera del pantalón. Mira alrededor y clava de nuevo en mí sus ojos inyectados en rojo. Está a punto de cometer una estupidez, de acelerar su sentencia a muerte, pero no le queda otra. Me mira de tal manera que me habla sin palabras, me exhorta, me enaltece. Su juventud, sus ganas de vivir, me reavivan. La sangre de mis venas comienza a bombear como hacía días que no ocurría. Parece que ha llegado el mensaje, es ahora o nunca, es tiempo de luchar por nuestras vidas.

La chica corta la cuerda que une sus pies al techo y cae al suelo como un saco de tierra. Rápidamente recobra la verticalidad blandiendo un insuficiente cuchillo. La decena de seres nauseabundos se gira al unísono al oír el golpe, al notar que algo no anda como debe. Agarra un gigantesco machete tirado en una esquina y se aferra a él como un recién nacido al calor de su madre. Me mira una vez más, dejando al descubierto en esa mirada sus intenciones. Uno contra diez es un suicidio, dos contra diez es una heroicidad.

La pequeña de Amanda corta mi cuerda y me hace entrega -no sin vacilación- del machete mientras el grupo que nos retiene se arremolina entorno a nosotros. Dan pequeños pasos, se mueven despacio, como olfateando, pensando bien cada acción, aferrando sus armas, calculando como nos van a despedazar. Lo que esos desgraciados no saben es que se van a enfrentar a alguien a quien la muerte repudia, un tipo desterrado por ésta, condenado a vagar por la tierra haciendo lo único que se le da bien… aniquilar toda vida.

No nos lleva demasiado tiempo reunir a esas criaturas con su dios. Una matanza, una liberación, que me hunde todavía más en mi infierno particular. Seguimos como podemos el camino mal iluminado con antorchas hasta abandonar la angustiosa cueva. El aire fresco inunda mis fosas y me hace consciente de lo ocurrido, la calma, el envolvente silencio, el retorno a la vida. Es de noche y lo único que tenemos frente a nosotros es el desierto y un millar de astros relucientes.

La hija de Amanda guarda su cuchillo tras limpiar la  sangre de la hoja en su pantalón. Su pulso tiembla tanto como el mío. Yo le devuelvo el gran machete que no tiene intención de coger. El arma cae al suelo mientras mi alma hace piruetas para recomponerse. La joven echa andar hacia adelante, sin mirarme, apoyando con dificultad mientras tapona una herida en su costado, emprendiendo la vuelta a casa bajo un hermoso manto de estrellas.

Quizás haya obtenido su perdón, uno bañado en sangre y locura, o a lo mejor solo está esperando a recobrar las fuerzas para acabar lo que empezó en aquella cochambrosa cabaña. Una venganza inacabada es una sentencia a dormir con un ojo abierto de por vida…

Oteo el brillante cielo y la sigo, siempre es preferible volver acompañado del infierno.

© 2020, Alfonso Gutiérrez Caro

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Fotografía: Pixabay

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